Siempre he admirado a aquellos capaces de medirlo todo con el juicio y la razón. Pero últimamente estoy aprendiendo a abrir nuevos caminos, a probar aquello que antes ni tan sólo hubiera pronunciado, a aprender de otras formas de enfocar las cosas pisando terrenos pantanosos y complejos. Muchas veces no creo, otras no tengo mucha fe en ello, pero siento la necesidad de probarlo, de dejar la razón de lado y probar la irracionalidad cuando, llegados a este punto, todo tiene cabida en la vida de un ser humano.
Estamos pasando por malos tiempos, ¿cómo recordaré estos años en un futuro? Ahora me imagino lejos, muy lejos de aquí, viviendo en el norte, respirando aire puro, sacando con una pala la nieve de la puerta de mi casa. Todo el misticismo del que hablaba antes lo concentro en esta esperanza, en esta visión. Y es que yo me pregunto ¿qué me haría seguir viviendo si supiera que mis sueños no se iban a hacer realidad? Es más, me pregunto cómo podría vivir la gente si supiera que sus sueños jamás se llegaran a cumplir. Me cuesta creer que muchas personas se hayan deshecho de la magia cuando incluso al más desgraciado de todos aun le quedan ilusiones y sueños.
Es un tema curioso el de la magia. Cada día queda menos, es como un polvo de hadas que se extingue a la par que los humanos nos reproducimos. No hablamos de la magia porque estamos seguros de que no existe, y realmente, nos creemos suficientemente poderosos como para saber lo que es. Ni si quiera yo sé realmente de lo que hablo. Sólo sé que es algo que muchos tenemos dentro o que en alguna ocasión hemos podido encontrar en cualquier lugar, persona, animal o detalle. Pero es complicado hablar de un concepto que no se puede comprar o que no se puede robar. Por eso mismo, haciendo referencia a la frase de Einstein, casi nada tiene sentido hoy día.









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